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miércoles, 30 de marzo de 2011

LUZ DE OTOÑO

MILCIADES AREVALO


       
“¡Le  bonheur! Sa dent douce a la mort..."
Rimbaud.

París, la ciudad tanto tiempo soñada... ¡Oh, la, la! Rostros anónimos, bulevares olorosos a légamo podrido, las bastillas de Sade, el Anticuario Universal, la historia de la literatura francesa por 5 francos, el agua empozada en los andenes, la inocencia del trigo verde en las escalinatas del Liceo Condercet, modelos africanas en las portadas de Vogue, vagabundos del alba, viajeros de todos los caminos...
    Mi viaje a París  significaba  un cambio en mi vida. No conocía la ciudad  y ya  soñaba  con  una especie de paraíso: ganar suficiente dinero, deambular  por diferentes latitudes, darme ciertos lujos, conocer gente importante, periodistas, artistas, ir al teatro, etc.
    Después de  cumplir con las formalidades de rigor, me entregaron las llaves de la habitación en la que iba a vivir por algún tiempo. Quedaba en el último piso de una pensión, que sin ser elegante era suficientemente cómoda, con todos los elementos necesarios: Una cama de bronce, una lámpara, el nochero, una silla turca, una mesa, un florero azul y un closet.  Desde el balcón  se  alcanzaban a divisar los tejados grises de Montparnasse, el humo de las chimeneas lejanas y las siluetas de los inmensos castillos feudales desdibujados por el tiempo.
    --¿Pour combien de temps serez-vous a Paris? –me preguntó el conserje cuando me disponía salir a la calle. 
    --Je ne le saias pas encore exactement...
    La bruma preludiaba un día de sorpresas en las páginas de los diarios, a la puerta de los cines, bajo los puentes del Sena, en los Campos Elíseos, en la plaza de San Sulpicio. Un nuevo mundo se extendía a mis pies, sensaciones jamás sentidas, colores crepitantes, los mil rostros de la dicha.  
    Recorrí los bulevares, conté las horas en los relojes, di vueltas en redondo. Especial atención me llamó Notre Dame, una catedral en tinieblas cuyas enormes columnas parecían  clavadas en el piso por un cíclope. Entré a buscar a Dios pero no lo hallé. Un minuto de silencio no habría bastado para expresar mi desolación. Volví a salir. Todo lo que encontraba a mi paso era cada vez más viejo e inhumano. Las calles permanecían atestadas de trovadores y golfas que cantaban o bailaban o  hacían trueques con puñados de sándalo, músicas de Arabia, olífonos y también libros, extraños y maravillosos de adoración y tormento. Preso de una honda  pena me pregunté  cuánto tiempo   estaría  dando vueltas en el mismo lugar buscando  a un tal Pierre  con quien iba a trabajar en un diario parisino. 
    Entré a un bar solemne y me senté a un lado de la ventana que daba a la calle. Pasaron dos árabes tocando flauta, un mimo enharinado, un niño con  un  globo rojo, un policía con un pan bajo el brazo, un anciano con un perro, un vendedor de canarios, una ambulancia haciendo bulla con la sirena, una anciana con un paraguas. Al ver tanta melancolía en el paisaje, pedí un parnod y saqué a  Vallejo del bolsillo y leí con infinita nostalgia:

     Hay  madre, un sitio en el mundo que se llama París.
      Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande...”.  
         
    Al poco rato entró una  muchacha rubia  de ojos azules, perfumada y fresca como si acabara de bañarse. Sus labios brillaban terriblemente rojos y tenía el aspecto de estar más sola que todo el mundo. Se sentó frente a mi mesa.  Pidió un moscatel y bebió con la misma indiferencia del que mira pasar un río que no sabe a dónde va. Puse la mirada sobre sus manos, de dedos largos y finos, en el collar que le colgaba del cuello, recorrí sus formas y caí abatido en el ruedo de su falda.
     Para quebrar  el silencio  que nos envolvía en una telaraña de inmovilidad parecida a esas pinturas de Dalí donde todo parece muerto y en perfecto orden, me acerqué a la chica y le pregunté:
     --¿Parlez-vous espagnol?
     --Je parle espagnol, monsieur.
     Le pregunté por Pierre, un reportero famoso de un diario parisino.  La chica  removió los laberintos de su magín. Una  bomba o algo parecido, había estallado en la sede del diario y Pierre había  muerto.
     Mis proyectos se difuminaban en medio del más terrible caos. Eran pequeñas burbujas que estallaban en el otoño de un París inhumano, absurdo, donde vivir  era tan prosaico como sacudirse el cabello. Sentí un sabor amargo en los labios, el vacío de la soledad bajo mis pies.

                “Me moriré en París con aguacero
                  un día del cual tengo ya el recuerdo…”

     La rubia terminó de tomarse el moscatel, apresuradamente. Se pintó los labios, se puso los guantes y  se enroscó la bufanda al cuello y se dispuso a partir. Le pregunté dónde la volvería a ver.
    --En la Opera Cómica --me dijo.   
    --Ouí, madame.   
    El café comenzó a llenarse de intelectuales, vendedores de paraísos artificiales, estudiantes y muchachas recónditas en busca de aventuras. Los neones comenzaron a chisporrotear y la noche de otoño envolvió los seres y las cosas. 
    Al regresar a la pensión, me acordé de Brando en esa triste escena de nostalgia frente a la ventana de su apartamento, con la música  del tango regada por el piso, mascando pan con mantequilla, los cabellos desordenados,  esperando a  una muchacha que no  volverá a ver jamás. Me dolía imitar a un solitario para no sentirme solo.  Y estando en medio esa inmensa  noche que es París, inmensa luz en la inmensa noche,  a la hora en que cantan los gallos y el viento no pasa, me quedé pensando,  no en las girándulas, ni  en las estrellas,  ni en  la luna,  ni en las estalactitas y estalagmitas sino en la  rubia de ojos azules. Toda ella era  mucho más hermosa que todas las mujeres juntas, pero sólo a ella quería  besarle  las tetas, el ombligo,  las nalgas, el  coño...

Dos meses después de estar a París, conseguí empleo en un periódico de farándula. Para cubrir la noticia de un estreno teatral en la “Opera Cómica” me enviaron a mí. No éramos más de 30 personas, entre las cuales estaba un arlequín, una colombina, un calvo de lentes ahumados, una rubia de pechos protuberantes, una monja mascando chiclets, dos viejas que parloteaban de modas y engaños, un cura y un mimo en las piernas de un señor de smoking. 
    El acomodador me condujo a una de las sillas de primera fila, al lado de una Desdémona que bostezaba con descaro. Nunca antes en mi vida había visto una escenografía tan insulsa. En el escenario se veían una pelota gigante de colores, un rinoceronte  de hule, dos sillas frente a frente, un pizarrón en un trípode en el que estaba escrito con tiza el nombre de la obra: La leçón,  y diversidad de objetos.
    Se oyó un timbre y se apagaron las luces de la sala. Minutos después  salió a escena un gordo de bigotes, de camisa blanca, corbata lila, pantalones y zapatos negros. Después de sentarse de manera correcta, entró a escena una muchacha vestida con una blusa blanca, falda de colegiala y medias tobilleras.
     “--¿Usted es… usted es la nueva alumna?” –le preguntó el gordo sorprendido.  
   “—No he querido retrasarme  –dijo la muchacha. Se sentó, cruzó las piernas con descaro y comenzó a morder la punta del lápiz que llevaba en la mano.
    “--¿Le ha sido difícil  encontrar mi casa? --Su voz cambio de tono. 
    “--De ningún modo. En este vecindario todos  le conocen.
    “—Hace treinta años vivo en esta ciudad. Usted no lleva mucho tiempo en ella… ¿Qué le parece?”
    “--No me desagrada. Es una ciudad linda, con un hermoso parque, un colegio de doncellas, un obispo, buenas tiendas, calles y avenidas…
    Después de casi una hora de diálogo, se oyeron unos débiles aplausos y cayó el telón.  A la salida del teatro encontré a la rubia de ojos azules deambulando entre los espectadores.
    --Tengo una botella de moscatel para ti.
    --¡Monsieur Alexandro! Vamos por ella –dijo  escandalosa y feliz.
   Tomé su mano, indefensa como un pájaro y salimos a la calle.  La ciudad parecía de niebla y silencio. Sobre los tejados se derramaba otoño bañando  de rocío las antenas de televisión, el aleteo de los pájaros nocturnos, las hojas que arrastraba el viento...
     Subió las escaleras de las pensión dos en dos, entró al baño, preguntó la hora, llamó a una amiga suya,  se tendió en la cama. Puse un disco, vacié el cenicero, busqué en la nevera unos cubos de hielo,  serví dos vasos de vino y brindamos por la dicha de habernos encontrado de nuevo y por los años que nos faltaban por vivir.
    --¿Por qué la gente no hace el amor a cada instante?  Andan vestidos todo el tiempo, siempre solos. Se acarician en soledad, bailan en soledad, nunca tienen tiempo de hacer el amor –dijo como si estuviera soñando. El silencio se hizo más patético, interrumpido de vez en cuando por el ruido lejano de algún auto devorando distancias.
    París estaba lleno de muchachas soñadoras, pero la chica de ojos azules  era un ángel y un demonio también. Parecía más mujer y sin embargo no era más que una chica de cabellos rubios  y un cuerpo insinuante bajo la falda.  Miré hacia el cielorraso, sin pensar en nada, como si el tiempo se hubiera detenido.
    Sus palabras seguían  cayendo sobre la cama, una detrás de otra, adormeciendo mis sentidos. Pensé en el mar. Una playa dorada, el cielo azul, veleros en el horizonte, la espuma. El  dolor pasaba de ser intenso y los zarpazos del deseo eran cada vez más profundos, pero yo no era un bisonte... 
     --No estoy borracha –dijo al terminar de beberse el último vaso de moscatel. Se  soltó el cabello,  se quitó la falda, las medias de seda, la minúscula prenda de seda que cubría su sexo y  pude verla desnuda en toda su plenitud....
     --¡Hazme algo, estúpido!  --me gritó al borde del delirio.  
     Comencé a chuparle  la  boca, los senos, las axilas, el  vientre, la hendidura de su  sexo, casi masticando, con rabia, sacudiendo su carne con mis dientes, murmurando palabras obscenas, mordiéndole la nuca, los hombros, el cuello, el culo  hasta hacerla mía. Era un deseo mío y de ella también. Me parecía un acto tierno y brutal al mismo tiempo. Los hombres podían repetir innumerables veces la misma historia pero siempre sería la misma. Eran las mismas parejas, el mismo movimiento, los cuerpos buscaban las mismas caricias, el mismo roce. En medio del mundo fornicaban dos desconocidos, solitarios, perdidos en una ciudad de espanto. Tal vez esto era el amor y el deseo a la vez, una ola que engullía la arena, un desierto de sal, la espuma lunar, un pez,  un  rito milenario, el desolado encuentro de la pareja humana.
    A la mañana siguiente se levantó, corrió las cortinas, le cambió el agua al florero, se puso carmín en las mejillas, se puso una peluca negra e hizo cosas sin importancia.
     --De ahora en adelante tu  soledad  será más grande que la mía –me dijo al salir.
    Abrió la puerta, bajó las escaleras y salió a la calle. La niebla de otoño  la fue desdibujando, y cuando cruzaba el puente, me pareció que emprendía el lento vuelo  de los que nunca regresan.        



sábado, 19 de marzo de 2011

EL FABRICANTE DE LA LLUVIA

Como el verano arreciaba insistentemente, Aurora no volvió a cantar ni a contarme cuentos. Como yo quería aprender todo lo que me hacía falta para cuando fuera  grande, le pregunté a Aurora cuándo iba a ponerme  en la escuela. Una escuela sin libros es una cosa bien triste, pero no hay cosa más triste que una escuela sin maestra.
     --En menos de lo que canta un gallo el municipio nos va a mandar una maestra.
    --¿Para qué sirve una maestra si tú lo sabes todo?
     --Mientras más cosas sepas, más cosas podrás contar después.  
    --¡Ay, madre! ¡Qué difícil es el mundo!
    El lunes siguiente al atardecer, "Pateperro" salió  a ladrarle a una señorita que venía por el camino arrastrando  un mundo  de cosas y una  jaula con un canario, que estaba a punto de estirar la pata. Alta, trigueña, de pelo negro y labios rojos. Era tan bonita que parecía todo,  todo menos una señorita. Después de mirarme de arriba abajo como si yo fuera un enano, me preguntó si había gallos en la vecindad.
    --Unos cuantos, nada más.
    --Ya deberían estar cantando  -dijo preocupada.
    Miré al cielo: no era hora para que los gallos cantaran.
   --Los gallos de por aquí cantan cuando les corresponde y no como en otras partes del país.
    --¿Cómo se llama la escuela?
    --“La Fuente”. La construyó mi papá para que nadie se quedara ignorante en la vereda, pero el municipio todavía no ha mandado la  maestra.
    --¡La Fuente del saber! Bonito nombre para una escuela –dijo y me pidió un jarro de agua para darle al canario. Le di tan poquita que ni siquiera  le alcanzó para mojarle las plumas.
     --¿Desde cuándo no llueve por aquí? –me preguntó preocupada.
     --Desde que se murió doña Abigail. Era la que nos enseñaba a destrabar la lengua.
     --Vamos a ver esa escuela –dijo.
    (En la escuela  no había ni una lámpara, ni una guitarra,  menos un libro, pero con una maestra era como si uno tuviera una luz, una canción y muchos libros).
     Los niños de la vereda al saber que había llegado la maestra  entraron  a la escuela  haciendo una bulla infernal. Y para que nuestra alegría  fuera completa, Rosamunda comenzó a enseñarnos a escribir  nuestro nombre con amor y a hacer cometas  para llamar a los vientos del agua. Si no llovió no fue porque fuéramos incrédulos sino porque era verano. ¡Verano! Las nubes pasaban rozando el techo de la escuela...
    Cuando arreció el verano el canario  se murió. Rosamunda se puso tan triste que no volvió a  pintarnos mariposas en el tablero ni a sumar en el ábaco ni a encender el fogón de su cocina, ni menos a sonreír cuando yo me convertía en gato y ronroneaba alrededor de su cama. Se puso tan triste, pero tan triste  que yo llegué a preocuparme.
    --Ojalá Gaspar se dé cuenta del verano  que estamos padeciendo   y venga a traernos la lluvia --me dijo una tarde enhebrando un collar de  lágrimas.
     --¿Y, si de pronto viene alguien  y se hace pasar por Gaspar?
    --Eso no va a suceder. Aunque vengan muchos que se parezcan a Gaspar, sólo él puede hacer llover.
      “--¡Oh, Dios! La maestra se volvió loca” --pensé.  
     Como  el verano arreciaba  con tanta intensidad  y Rosamunda era la única que sabía dónde vivía  el señor que era capaz de hacer llover sin tener que hacerle rogativas ni  quemarle pólvora como a San Isidro, le dije que fuéramos a buscarlo. Pero Gaspar vivía muy  lejos de la vereda, en un pueblo bruno que ni nombre tenía.
    --Contigo  soy capaz de ir hasta el mar –le prometí para que no volviera a llorar.     
    A la mañana siguiente partimos. Rosamunda se fue  adelante porque era la que conocía el camino, las cañadas, los cruces del sendero; yo iba detrás de ella siguiéndole los pisos, mirando a todas partes como un desorientado. Los montes lejanos reverberaban  a merced de la resolana, pero no se veía  nada que nos indicara para dónde íbamos. No  había  rastros de lagartijas ni  se movía una hoja. El aire estaba tan quieto que se podían oír los crujidos de las piedras, el tric, trac del pasto reseco; de vez  en cuando el aletear de un pájaro extraviado nos volvía a la realidad. Al declinar la tarde  comencé a preocuparme.
    --Es mejor devolvernos; ya parecemos un par de ánimas --le dije, pero ella ni siquiera me oyó por lo que pensé que tampoco ella sabía por dónde andábamos. Iba tan ocupada estaba recogiendo las flores resecas que encontraba en el camino.
    Era de noche cuando llegamos a un pueblo en tinieblas. Ni una tienda abierta,  ni siquiera a quién preguntarle nada. Todo estaba tan callado que parecía más triste, más bruno y polvoriento. En medio de tanta oscuridad, comenzamos a dar vueltas  alrededor de  un parque de flores tristes. Recorrimos las calles haciendo una bulla fenomenal,  para que al menos  los perros  salieran a ladrar,  y también para que la gente supiera  que habíamos llegado y nos atendieran de la mejor manera. Ni siquiera un alma se nos apareció. Rosamunda se puso  a llamar a Gaspar. El eco de su voz era lo único  que se oía en todo el pueblo. Tampoco. Nadie le respondió.
    --Me parece que no llegamos a ninguna parte –le dije.
    --Deben estar durmiendo –me consoló.
    --¿Qué vamos a hacer ahora? -le pregunté.
    Nos  sentamos en el corredor de  una fragua desvencijada que estaba a punto de llevársela el viento, a oír pasar el viento, a dibujar sombras en medio de las sombras, a esperar que amaneciera más temprano. La noche era tan negra que el cielo parecía más negro que otras veces. De vez en cuando  una estrella fugaz surcaba el horizonte, un perro ladraba en la distancia, crujía una puerta. Para no sentirme tan solo en medio de tanta oscuridad,  me puse a pensar  en Amalia. Lástima que el cura la hubiera vuelto pajarera, porque buena sí era. Tenía sus virtudes y sus defectos  como todas las mujeres, pero era la única que me dejaba jugar con su  gato, suave y peludito. Después pensé en Marcovaldo. Casi  nunca iba a la escuela porque tenía que  vender   espantapájaros para poder comer. Si no hubiera sido por los espantapájaros de Marcovaldo,  las golondrinas se hubieran comido el trigo que con tanto esmero había  sembrado mi papá. ¡Si señor!
    Era tanta la pensadora  que me fui quedando dormido y empecé a soñar una cantidad de cosas. La lengua se me fue poniendo tiesa y comencé a sentir las mismas cosas ricas que yo sentía cuando Amalia jugaba con su gato. Era  tanta la dicha que me pareció que había llegado la aurora, que los gallos comenzaban a cantar, que las campanas de la iglesia se echaban al vuelo,  que las flores resecas que Rosamunda había recogido por el camino volvían a perfumar mi olfato, pero todo eso duró menos que un instante.
    --Vámonos antes que empiece a llover –me dijo Rosamunda al levantarse. 
  --No juegues con la sed de los sedientos --le pedí.
     --No vas a decir lo mismo cuando veas llover --me dijo como si supiera hacer milagros. Fuimos al cementerio y dejamos sobre una tumba sin nombre  las flores secas.
   --¡Ay, Rosamunda!  ¡Ahora si nos llevó el mandingas!
  --Es mejor así para que nos duela menos –dijo.
    Cuando abandonamos el pueblo empezó a llover, tan torrencialmente que era como si camináramos por sobre el lomo de un río. A mí me dio miedo porque nunca había visto tanta lluvia, pero a Rosamunda  no le dio ni miedo ni nada de eso  y todo se lo atribuyó a Gaspar. Seguramente así era porque al llegar a la vereda todos los habitantes salieron a recibirnos como a unos héroes y hubo una fiesta que duró cinco días.
    Todos estábamos muy contentos celebrando la llegada del invierno, pero cuando le preguntaron  a Rosamunda por  Gaspar, comenzó a hablar al revés y tuvieron que llevársela para el pueblo  en un burrito que tenía alas en los pies.
                                                      Del libro Inventario de Invierno










lunes, 7 de marzo de 2011

MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO (Cuentos)

Luz Helena Cordero Villamizar*

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo. 
Milcíades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.
Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la  única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.
Más allá del insólito Milcíades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a este Cachorro salvaje y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

ELLA NO VOLVIÓ

Milcíades Arévalo
“Yo quiero ser llorando el hortelano…”
Miguel Hernández
Llevábamos caminando un rato bien largo… Yo iba detrás de Aurora montado en un potro de palo y desde allí la miraba toda, con su pelo endrino, su figura magra, el vientre abultado, el pañolón. ¿Quién era yo? Un niño  que corría detrás de su madre jugando con el viento,  que la veía cruzar el puente  de un  río de aguas torrentosas y el pueblo.
    El pueblo no era nada  sino  una calle larga con sus tiendas de cara al río para que todo el que pasara por allí  entrara  a comprar algo y pudiera ver a los que pasaban en ese momento, es decir, mi madre y yo,  mirando la gente de allí toda orgullosa de su calle que era pueblo.  Mi madre no mirando hacia ninguna parte y yo mirando a todos lados, conociendo por primera vez esa calle larga que era un pueblo, sin darle crédito a las risas  de contento que salían de las tiendas sino a la voz del viento que cruzaba con nosotros el pueblo... Pero el pueblo ya no fue más pueblo cuando cruzamos  la estación  del ferrocarril,  la alameda y llegamos donde mi abuela, alta, de trenzas largas y mirada altiva. Mi sonrisa apenas la tocaba a la altura de la cadera.
    Mi abuela no dejaba de mirarme desde sus antiparras como pensando "éste chico es un demonio", mientras oía  las quejas de mi madre, las hambres que teníamos aguantadas  y las desgracias que nos golpeaban a diario. Mi madre se quejaba dándole golpes a  la mesa con los puños, digo yo, con rabia, aunque mi madre nunca tuvo nada de eso. ¡Yo lo sé!  ¡Yo lo sé! 
    Después de tomarnos una taza  de agua de panela  nos despedimos de mi abuela y yo seguí detrás de mi  madre montado en mi caballo  de palo. Me era casi imposible alcanzarla porque caminaba muy rápido, pero cuando finalmente la alcancé le mostré  un pajarito que encontré a la vera del camino.  Le pregunté por qué no volaba. Y le pregunté también qué era la muerte. Mi madre me miró con gran preocupación,  sin responderme siquiera, ¿para qué decirme cosas bien tristes?
    Mi madre iba a enviarme donde unos parientes para que les ayudara en las cosas que no saben hacer los niños, ¡pero bien demorados eran esos parientes! Al ver que  no estaban en la estación, mi madre  decidió que nos devolviéramos para la casa. Cuando ya habíamos andado la mitad del camino de vuelta, los vi venir envueltos  en las sombras del atardecer.
    --Madre, yo creo que esos que vienen allá  son mis parientes -le dije con temor a equivocarme porque ya era bien tarde, o mejor, el sol ya se estaba escondiendo detrás de los montes lejanos y temí por ella y también por mí.
    --¡La vas a pasar muy bien! –me dijo al despedirse.
    Le di un beso más triste que un adiós y me devolví con los parientes, mirando de vez en cuando el camino por donde iba mi madre tratando de aprovechar las últimas lucecitas del día. El cielo se oscurecía más rápido que su vestido negro, pero aún así la veía alejarse de mí, perderse entre las sombras como yo de ella, rumbo a  la estación donde bien pronto fueron las siete.
    Cuando el tren partió, mi madre comenzó a ser  un recuerdo entre mis recuerdos.
    Sería media noche cuando llegamos a un pueblo de paso. No había dónde quedarnos, pero una anciana  que parecía sonámbula nos acomodó  en una habitación donde había muchas personas acostadas en las esteras del piso. Todos debían estar muy cansados porque se fueron quedando  dormidos uno detrás de otro. Al día siguiente vendría el Obispo a bendecir la planta del alumbrado público, la oficina del telégrafo  y la bicicleta del policía. Por eso se fueron durmiendo presto: querían estar lúcidos y frescos, para asistir al día siguiente a los oficios religiosos. Eso pensé muchos años después porque esa noche no pude pensar nada, ni mucho menos dormir en esa habitación que tenía  una luz encendida,  para que nadie les robara sus cosas. Esa noche me quedé mirándolos dormir, a unos con la boca abierta, mostrando sus muelas podridas, sus dientes de oro, los pelos de sus barbas. Otros con los pies descalzos, sucios, harapientos, los dedos llenos de sabañones y niguas. Un niño en un rincón cuchicheando con una araña. Una pareja de recién casados, jadeando para  adentro, tratando de acoplarse sin desatar sospechas. Los demás roncando. Todos parecían unos muertos muy particulares. En fin...
     El resto de la noche estuve atento a la llegada del tren a la estación, oyendo pasar la voz del viento por entre las hendijas de las ventanas, los susurros de los enamorados debajo de las cobijas. Todo eso lo oí, hasta la llegada silenciosa del alba y de los buenos días.
    Ya era bien entrada la mañana salimos de la posada, pues nada teníamos que hacer allí. Éramos pasajeros ocasionales que habían  llegado a un pueblo de paso, a una estación sin nombre.
    --¡Llegó el Obispo!  ¡Llegó el Obispo! -chilló la anciana sonámbula y una manada  de noveleros corrió a la estación,  arrastrando de paso a mis parientes. Yo también me fui  con ellos, en mi caballo de palo  y con mi madre en mis recuerdos...
    El tren se detuvo en la estación, con su larga melena de humo negro y sus relucientes letras de bronce: Ferrocarriles Nacionales de Colombia. Parecía un demonio y un ángel también.
    El señor Obispo asomó la testa por la ventanilla. Yo  me bajé de mi caballo de palo y me quedé con los ojos puestos en su gorrita purpurina a punto de caérsele de la testa, en su crucifijo de oro más grande que todos los pecados del pueblo juntos, en los hilos dorados de su ropaje de seda, tan diferente al de los demás  mortales. Y ese olor casi celeste de su cuerpo. Y el tamaño de su barriga, más grande que la de  una vaca.
    --Confiteor Deo Omnipotentis... –dijo y comenzó a lanzarnos bendiciones de todos los tamaños.
    Cuando el señor Obispo descendió del tren diciendo cosas que nadie entendía, fue como si por primera vez en su vida pisara la tierra, el polvo, el barro. El cielo lucía resplandeciente y mi alma entera pedía  a gritos la gracia. ¿Cuál gracia? La gracia, en todo caso. Y llenos de ella nos fuimos detrás del padre santo, del padrón mayor, con el corazón abierto, los ojos puestos en la contemplación de ese ser transparente, sin mácula. El sacristán corriendo de esquina en esquina con el armonio para musicar el paso del señor Obispo, las campanas de la más alta torre anunciando la llegada del santo varón a las puertas de la iglesia aldeana.
    Los acólitos soltaron una bandada de palomas que empezaron a revolotear dentro de la iglesia, batiendo sus alas como palmoteos de cientos de ángeles. Poco después desaparecieron por un hueco del tejado, dejando sobre los feligreses una constelación de plumas.
    La ceremonia duró tanto que el Obispo comenzó a bostezar con renovado aliento, pausa que aprovecharon el Cura Párroco, el señor Alcalde, el Personero Municipal, las damas de la Congregación de María y las más notables  damas y personalidades del pueblo, para ofrecerle un asado de ternera y otras viandas exquisitas, muy acordes con su voraz apetito.
    Todo eso se alcanzó a oír por el altavoz de la parroquia.
    Como nosotros no éramos de ese pueblo fiestero, nos fuimos alejando de las pompas de este mundo y del asado de ternera y llegamos donde íbamos. Esa noche nos acostamos temprano porque no teníamos velas para alumbrarnos y también porque teníamos que madrugar a recoger la cosecha. Nunca volví a tener una noche como esa: monte, luciérnagas, una luna muy grande acaballada sobre un techo de estrellas y todos los ruidos y todas las voces de la tierra. Pero al  llegar la mañana todo cambió; también mi vida.
    Desayunaba yo sentadito en rincón del corredor. El sol venía mordiendo el alero de la casa y mi plato   de changua calientico sobre mis rodillas, pero un hombre apareció en el patio, tapándome el paisaje con su ruana.
    --Buenas les dé mi Dios –dijo a modo de saludo, y miró hacia la cocina, como buscando algún  conocido.
    --Buenas se las dé mi diosito... Siga no más que hay para todos --le respondió mi  tía Catalina.
    El hombre en vez de entrar a la cocina, se sentó en una tronca  que había en el corredor y se quedó mirándome, sin decirme nada pero como queriéndome decir algo, hasta que no aguantó más y  le dijo a los presentes:
    --¡Pobrecito éste muchacho! ¡Pobrecito!
    Después de desayunar se reunió  con mis parientes   y bien pronto los vi salir despavoridos a buscar ropas limpias y empezaron a llorar en coro, hasta que  no me aguanté más y les pregunté  qué estaba pasando.
    --¡Se murió su mamita, mijo! --me dijeron en coro.
   --¡Vístase rápido que hay que ir a coger la flota! –me afanó mi tía Catalina.
    El sol se vino detrás de nosotros, persiguiéndonos, alumbrando la tierra entera, hasta el mismo sitio de donde habíamos partido tres días antes. Al llegar al pueblo nos sentamos en las bancas del parque  a esperar, qué sé yo, que el tiempo pasara, que la vida siguiera igual, pero eso no podía ser. Algo impedía que fuera así, algo que se llamaba muerte.
    Poco después vi venir el cortejo fúnebre y a todos los que venían detrás del cortejo fúnebre. Mis hermanos me vieron o, mejor,  yo los vi a ellos y me alegré verlos de nuevo, pero estaban tan tristes que ni siquiera me saludaron. Mi madre iba dentro del ataúd,  pero yo la imaginaba diferente a nosotros. Era una muerta sin muerte. La gente lloraba, mis hermanos lloraban, todo el mundo lloraba. Yo no lloraba. Las campanadas de la iglesia tristes. Los pájaros debían estar por ahí, regados entre los árboles, igual que mis hermanos entre la gente  que iba   detrás del ataúd. Y yo mucho más oculto que todos, sin saber qué hacer. Lo que yo deseaba era ver a mi madre, pues pensaba que ella debía sentirse diferente estando muerta.
       El cementerio quedaba a un lado de la línea del ferrocarril, pero esa tarde no pasó ningún tren o no lo oí. De haberlo oído, tal vez yo hubiera sido feliz.
    Alguien levantó la tapa del ataúd para que todos vieran el rostro de mi madre por última vez. Yo también me empiné y la vi, más blanca que todas las azucenas, el rostro enjuto, la nariz recta, la placidez de un sueño, como si morir fuera igual que soñar. Después la metieron en el hoyo recién abierto y la taparon con tierra.
    Debo agregar que mi padre también estaba allí,  pero no tuvo tiempo de percatarse de mí sino hasta mucho después de haber concluido la ceremonia fúnebre. Cuando todos los  que nos acompañaban abandonaron el cementerio, me llevó a una tienda donde me compró un granizado de toronjil para que no llorara.
    Nueve días después del entierro, vinieron unos parientes lejanos a pedirnos disculpas y perdones por no haber asistido al entierro, pero ya no quedaba nadie más que se acordara de mi madre. Sólo yo y mis hermanos pequeños. Éramos los únicos que nos habíamos quedado esperando que mi madre regresara por algo que se le había olvidado, hasta que todos los días fueron iguales y ella no volvió  jamás.