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lunes, 7 de marzo de 2011

MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO (Cuentos)

Luz Helena Cordero Villamizar*

Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo. 
Milcíades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.
Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la  única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.
Más allá del insólito Milcíades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a este Cachorro salvaje y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

jueves, 3 de marzo de 2011

EL CABALLO DEL VIENTO Y LA MUCHACHA DESNUDA

Milcíades Arévalo
Un sueño es una escritura, y hay muchas
escrituras que sólo son sueños.
Umberto Eco

El día que leí mi primer  poema comenzó mi desgracia.
Si bien es cierto  que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a  la congregación con poemas de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu, que en idioma vulgar no  era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio  me mandó a refrescar el magín al río.
No había terminado de saborear el agua, que a esa hora de la tarde era  de vidrio, vi a unas  muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!
Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en  extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio,  las muchachas comenzaron a gritar en coro: “¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!”, porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.
Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha,  para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios  delante del espejo y  nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa
Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? –¡Válgame Dios!–. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi  puñal de tormento,  con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.
Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera,  ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.
Todo se lo conté. Sin embargo,  fue como si no me oyera. En volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de  la biblioteca de la venerable congregación,  para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.
Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan  el caballo del viento y  la  muchacha desnuda.